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lunes, 27 de septiembre de 2010

Don Juan el oaxaqueño

Don Juan siempre viene a ofrecernos algo de lo que él produce para poder vivir, y nosotros siempre le ofrecemos algo de comer, así que esta vez le tocó comerse unos tacos de pollo que preparé además de una deliciosa sopita que llamamos popeye, con espinacas y otras verduras por ahí.
Total que esta vez don Juan venía dispuesto a venderme todo, me ofreció unas pulseras que por cierto le compré, me gustan las pulseras, y hechas por manos indígenas más. Se las pago con gusto y no le regateo nada. A ellos nada.




También me ofreció esta artesanía en forma de pájaro hecha con un material que parece palma pero que también parece rafia (por rosa, por lila)  pero que a la vez no ha de ser ninguna de las dos cosas.




Don Juan siempre me hace confiar en él. Un señor que se ve que lleva ya muchos años en esta zona fronteriza, y que lucha día con día por su sustento. Un señor honorable y fuerte de corazón, pero algo débil ya por su edad, y que por todo esto no tiene ya la opción de regresarse a su tierra natal.  Un día que vino, me platicó que es de un pueblito de la sierra de Oaxaca. Vino con el sueño de todos los que llegan del sur, un mejor porvenir para él y su familia con miras a los iunaided steits... 
Pero bueno, le pregunté por María Sabina, de inmediato se sonrojó y le brillaron los ojos, me dijo con asombro: - ¿cómo la conoce? ¿Cómo sabe de ella? Ella era una santa, una curandera muy buena que ayudaba a todo aquel que enfermaba -. Le seguí preguntando por su pueblo y los motivos por los que se encontraba acá y no en su tierra. Me seguía contando. Me dijo que un día vino en busca de trabajo, vino joven y fuerte y que pasó algún tiempo trabajando "de mojado" en una fábrica de El Paso, pero ahora ya no. Ahora no pasa fácilmente, ahora ya no hay trabajo allá para él. Además dice que ahora ya es un hombre viejo y cuida nietos, no hay remedio ante eso. Ahora ya todo aquello pasó, ahora solo le queda ponerse la camiseta que aún conserva de uno de esos trabajos que platica que hacía en tierra de "gringos".


Me preguntó a qué me dedicaba yo. Le dije,  - Soy fotógrafa. ¿Me deja retratarlo?
Asintió y me preguntó entonces que cuánto le cobraba por una foto para él.  Que no se ha retratado en mucho tiempo. Me quedé seria y le contesté:  - Nada, no le cobraré nada, ¡Cómo se le ocurre pensar que le cobraría! - le dije casi con reclamo....
(y pensé: que al contrario, le debo pagar por la maravilla de hombre transparente que es ...  ¡por esas venas valientes que han tejido su cuerpo!, por mucho... ). Entré entonces por la cámara.

Le hice varias fotografías y continué diciendo: - La próxima vez que venga le tendré un buen retrato suyo- . Le pagué las pulseras que escogí y por la promesa de su foto, ¡se fue feliz y contento el hombre! ¡Ah! Terminó regalándome un par de pajaritos de esos de paja o de rafia, según dijo: "para sus niñas".
El viene cada dos o tres meses a lo mismo, a ofrecernos las pulseras, o los llaveros, o los sombreros o lo que toque traer, con la complicidad silenciosa de que le tocará comidita casera calientita y rica, con un buen vaso de agua fresca, para luego seguir su arduo recorrido de regreso a casa.



Ahora ya pasaron más de esos tres meses, quizá ya hace cuatro meses que no viene, espero que vuelva un día, si aún continúa por estos lares. Ojalá. Es un hombre fuerte.

1 comentario:

  1. Me encantó este artículo y el blog en general, lo agregaré a mis favoritos ;) Hugo S.

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