8 años, niño habitante de Ciudad Juárez
"
Los niños son la esperanza del mundo", nos dijo magistralmente José Martí.
Yo pienso que esta frase tiene mucho de verdad, que son los niños quienes el día de mañana van a enfrentar su propia realidad pero la enfrentarán con las armas que tengan, con las que se les mandó "a la guerra" -como se suele decir por ahí-.
Ellos crecen ahora y siguen los pasos de los adultos que los acompañan, los niños imitan. Aprenden de la escuela que los forma, se nutren de la madre y del padre que los abriga, permanecen al lado de aquel o aquellos padres que les ofrecen comida, un techo, momentos de juego y sobre todo su amor. Pero a pesar de lo anterior y aún sin lo anterior, existen los niños que pasarán a la edad adulta con muchas debilidades, deficiencias, ausencias y confusión que formaron parte de la construcción de los cimientos de su vida. Se requieren hombres y mujeres íntegros, personas de bien, preparadas, fuertes pero también sensibles a lo que acontece en su mundo, en el mundo, en la sociedad que les toca. Se necesitan adultos de convicciones claras y con la educación necesaria para que su experiencia de vida sea sana, sea útil y participativa en actividades sociales, económicas, culturales, etc. Personas de vida tranquila y productiva que los mantenga lejos de la precariedad, de la delincuencia y de otros riesgos que existen hoy en día sobre todo en las sociedades de países con gobiernos débiles como el nuestro.
El otro día fuimos al parque del Chamizal en familia. Y como nosotros había algunas familias más. El objetivo de la gran mayoría: pasear tranquilamente por los pasillos del parque, divertirse en los juegos, los niños andar en bicicleta, en los triciclos, a caballo y ponys algunos otros, o disfrutar del convivio familiar en grande para celebrar el cumpleaños de algún chiquito, en fin, todos unidos, en colectivo, pasar la tarde relajados y salir un poco de la cotidianidad y del estrés propios del resto de la semana en una ciudad como ésta.
Dimos una vuelta grande por el parque: cruzamos por distintas escenas de esparcimiento familiar. Y por ahí, en una parada a descansar de la bici y a que mis niñas subieran a unos jueguitos con su papá, llegaron tres niños a platicar, unos niños hermosos, ¡sensacionales! Y como yo soy muy dada a querer relacionarme con la gente que me cae bien en los espacios públicos, los saludé y les pregunté por sus padres, que si andaban solos o qué pasaba. Ellos de inmediato me señalaron a sus papás y a una tía (eso dijeron) que a unos 30 metros se encontraban recostados en el pasto descansando y pasando el rato. No estaban tan lejos, pero sí me pareció que estaban bastante separados de los niños tratándose de una ciudad como Juaritos.
Queremos subirnos al carrito que rentan
El orgullo de portar su dólar
Empecé a charlar con ellos, les ofrecí que subieran al par de bicis (que mis changuitas no estaban usando) mientras seguíamos conversando.
Algunas de mis preguntas se enfocaron a sus vidas: su hogar, a si eran hermanitos entre sí, de dónde venían, etc. Me respondieron que son hermanos, que vienen de por alláaaa, y señalaron al Norponiente, me señalaron la zona con el dedo, pero no supe a qué parte se referían, me dijeron el nombre de una colonia (¿o zona?) que ni se me grabó pues nunca la había oído nombrar. Solo supe que se referían a alguna parte muy lejana. Luego el mayor de los niños, el de los ojos verdes preciosos, me preguntó si ahí donde estabamos parados era El Paso.. Le contesté que no, que casi era, pero que no, que era aún territorio mexicano. Luego me dijo que querían subirse a uno de esos carritos de pedales para dos o tres personas que se rentan, pero que no tenían más que 8 pesos. Yo seguía indagando... les pregunté entonces: -¿Sus padres les dieron ese dinero? ¿no les dieron más?-. Respondieron juntos -No. solo esto, y no nos alcanza- el chiquillo mayor me mostró las monedas sacadas de la bolsa de su pantalón. Les dije -bueno, yo les puedo completar su paseo, y saqué entonces un billete de 1 dólar estadounidense (por alguna extraña razón yo no traía ni una sola moneda en pesos mexicanos). Ese dólar era justo lo que necesitaban para poder completarse su paseo anhelado en carrito con pedales. El niño se sintió halagado al recibir el billete. Me sonrió y seguimos charlando mientras andaban en las bicis... (sus papás no se inmutaban) Y a mí me entraron las consabidas ganas de usar mi cámara. Andaba en busca de los personajes principales de mi día, y me dije: estos son, ¡manos a la obra! ¡a retratar a estos niños!..
Les pregunté entonces si podía retratarlos. Sin chistar me respondieron que sí, los niños son tan desenfadados, tan transparentes... (al menos estos) que no opusieron resistencia ni desconfiaron de nada. Me encontraba entonces gustosamente retratándolos cuando claro, la madre se mostró en alerta (y es que el uso de la cámara se convierte en un arma poderosa), y comenzó a llamarles insistente por sus nombres para que se fueran hacia ellos. Yo la tranquilicé con señas y con mi voz también. Le hice saber que no había problema que les estaba prestando las bicicletas. Me gusta compartir con la gente lo que tengo, lo que traigo y eso le transmito a mis pequeñas también. La madre volvió entonces a su actitud original de relax total y se volvió a recostar como antes estuvo. El padre, tan solo parpadeaba y giraba su cabeza hacia mí y no hacía nada más.
Por un lado me encantó la libertad con la que aún en tiempos de guerra, estos chiquillos andan en un parque demasiado abierto, y así de apartados de sus padres. Me encantó la franqueza con que ellos llegaron a charlar conmigo y decirme su necesidad inmediata: les faltaban 12 pesos para alcanzar ese paseo que les daría un poquito de felicidad. Lo que me pareció lamentable fue la falta de interés y de atención de estos padres para con ellos: un hermano mayor de 8 años, uno que le sigue de 6 y la niña pequeña de 3 años, apenas hablaba. Con claridad pude ver cómo estos niños hicieron toda su tarde solitos, sin la compañía de los papás ni de la tía. En ningún momento ví que los papás se levantaran a jugar con ellos, a participar de sus alegrías, corriendo, o sonriendo. Nada.
Cuando optamos por marcharnos, estos chiquitos ya se habían ido caminando lejos con su dólar y sus 8 pesos. Luego volvieron frustrados porque les hacía falta una credencial de elector para poder rentar aquel carro que tanto ansiaban. Para esto requerían un adulto. Y sus padres estuvieron ausentes en tal travesía. Ellos se quedaron sin rentar nada. Fue entonces que noté que la niña pequeña no venía con ellos. Se había perdido del camino simple de regreso, a una niña con solo 3 años de edad le pasa esto y más estando solita, su mundo es grande y no lo abarca. El nuestro lo podríamos percibir pequeño y quizá esta es la explicación que daría yo ante la indiferencia de estos padres hacia sus tres niños. La niña tardó en llegar y se dejó de ver un ratito. Hasta entonces la madre reaccionó y se levantó con rapidez para ir en su búsqueda. Preocupada yo, avancé más rápido pues la tenía más cerca que la madre. Le hice señas para que nos viera. Le indiqué el camino de regreso a su mamá. De verdad que tanto la niña como yo nos habíamos asustado en demasía.
El parque está dedicado a los niños, el parque está dirigido a la felicidad infantil, al convivio en familia. Con qué derecho estos padres desatienden a sus hijos! ¡Con qué derecho estos padres se atienden a ellos primero antes que jugar con sus niños! ¿Por qué se apartan de esa manera? -pensé yo con reclamo. ¿Con qué cara saldrán estos padres a reclamar (¿y a quién?) que sus hijos se han extraviado (en el peor caso de suceder) si no se han hecho cargo de ellos en todo ese rato?
Yo trasladé esta experiencia vivida a un marco más amplio. Esta vivencia en el parque me hizo ver hacia un plano más complejo: niños solos, chiquitos, desprovistos de atención y de afecto, de momento abandonados, y una niña de momento perdida en la inmensidad de un parque. Oh, pensar en el plano más amplio como lo es una niñez completamente abandonada por los mismos motivos me hizo rabiar. Los padres están en lo suyo y desatienden el mundo de sus niños.
¡Estos son los niños de Juárez! O al menos algunos de los niños de Juárez, -pensé-. Son los niños que el día de mañana van a ser aquellos hombres y mujeres que representen una nueva generación de adultos. Quiero pensar que serán los mejores seres humanos. Desgraciadamente la desatención, la indiferencia, el desamor y la incomunicación no producen buenos resultados.
Ante este panorama hay que apostarle a desear (y lograr) lo contrario: estos niños sensibles, amorosos, que anhelan vivir felices merecen un futuro mejor al del momento presente que viven.
Platiqué con estos chiquitos lo suficiente como para notar su dulzura, su buen corazón y su transparencia. Estos niños de Juárez PUEDEN Y DEBEN ser el día de mañana hombres de bien. Ser los adultos que queremos, ser los grandes hombres y las mujeres gigantes que este país necesita. Solo nos hace falta trabajar para lograrlo. Todos en conjunto, como padres, como sociedad, como familia, con el gobierno y con todo lo demás. En la parte que dice "todo lo demás" entra todo lo inabarcable aquí, y que podríamos dedicarle más tiempo en otros textos como este.
Estos padres aludidos deben saber lo que tienen frente a ellos: la responsabilidad de formar, acompañar, amar y atender a sus chiquitos y dotarlos de seguridad, confianza, destreza, fortaleza, etc, es decir, la dotación de las armas de las que hablaba la inicio de este texto. Han de trabajar arduamente y en conjunto para lograrlo con el resto de la sociedad. Estoy segura que si esta conjunción de fuerzas toma el curso perdido, quizá se podría empezar a reparar lo que ya en apariencia no tenía remedio. Construir lo que ya no existe y reafirmar lo que aún no se pierde del todo.
Muy seguramente si no hacemos nuestro trabajo bien, cada quien lo que le toca hacer desde sus posibilidades y capacidad de acción, todas las expectativas de cambio de vida las dejaremos a la ruleta rusa.
Los tres hermanos: Un bonito retrato
De aquél lado vivimos! Pero allá, bien allá
El regreso y la frustración de no haber podido rentar su carrito: faltaba solo una credencial de elector
En definitiva, en un país con buen nivel en la educación de su pueblo, habrá mejores personas y en consecuencia una sociedad más avanzada en los procesos de igualdad, de respeto, de justicia, de salud, calidad de vida y de oportunidades de trabajo. Yo le apuesto a que la niñez y la juventud no pierdan de vista el tema de la educación, los gobiernos deberán tener estas prioridades, y nosotros como gobernados exigirlo. Los niños del hoy deben prepararse en la escuela y en su casa para la vida, apoyados claro está, por los adultos.
Parafraseando a Ricardo I de Inglaterra, diría yo para cerrar este bloque: "Los libros me enseñaron a pensar y el pensamiento me hizo libre".